martes, 1 de noviembre de 2011

Doble mano

Besos de nicotina, musica de reposteria
Literatura de coleccion, nada que decir.


Quedamos a las tres. Son tres y cinco.
Siempre dije, es blanco o negro, nunca matices. Y estoy acá, en su puerta, con el pincel en la mano. Traigo diferentes acuarelas, no es que no lo respete, pero a veces se necesita una segunda, un revoque definitivo para lograr el color que uno quiere.
Comprobé mi aspecto en el espejo del agua corriendo en la vereda, llevaba ese buzo azul, el que le hacia acordar a Zalma Hayek, el vaquero de nuestro primer beso, y mis rotosos borcegos.No existían condiciones mas exactas para el encuentro.

Abrió la puerta. Son de esos momentos en los que no sabes como actuar, despues de meses de puteadas, de esos juegos mentales, de "te extraño".. donde el silencio queda grande, y las palabras aún mas chicas.
Preferí no pensar, me guié por esas telenovelas de la tarde que prefieren la espontaneidad a lo reflexivo, y lo besé. Me pidió que no lo hiciera, de verdad me gustó que lo haga.

Entonces pasé. Me reencontré con su perro, que estaba mas flaco, y esa distorsión de Ibanez que solía tirar cuando se enbroncaba. Luego hablamos cosas poco importantes en realidad, de esas charlas que suelen definir las relaciones. Había acudido a ese encuentro sin saber realmente que decir, confiando que todo fluya, y asi fué.

Luego lloró. la tarde brindaba un fulgor majestuoso exactamente para nosotros. Fué como si no hubiese pasado el tiempo, pero el miedo nos había devorado. Ese miedo de lo duradero, de lo planeado que a la vez no es tan planeado. 

Luego de un momento, sin saber que decir, de absoluto silencio, me levanté y me despedí.
Pero solo logré salir una hora mas tarde, con el rostro sonrojado, los labios humedos y el color que yo quería.